El equipo de realización Matininó. f. Daliana Alvarado.
Es la semana del Tribeca Festival, uno de los festivales de cine más importantes de la ciudad de Nueva York. Durante estos días, las salas se llenan de estrenos, alfombras rojas, conversaciones y eventos que convierten la ciudad en un punto de encuentro para la industria cinematográfica. Este año, además, el festival celebra su vigésimo quinto aniversario desde su fundación por Robert De Niro y Jane Rosenthal.
Y bueno, soy puertorriqueña viviendo en esta ciudad. Cuando algo boricua llega a Nueva York, es un momento importante. Porque, hello, es producto de Puerto Rico. Y Puerto Rico está bien cabrón. Ustedes saben.
Luego de la exitosa presentación de Esta Isla el año pasado, Puerto Rico regresa a Tribeca con varias producciones que exploran temas de identidad, género, relaciones y memoria. Entre ellas se encuentran Matininó, Summer of Three (Verano de tres) y la participación de la documentalista y directora puertorriqueña Llaima Suwani Sanfiorenzo como directora de 13.4 Seconds to Nowhere, parte de una serie producida por Tribeca Studios y ESPN.
Pero hoy quiero hablarles de Matininó.
Dirigida por Gabriela Díaz Arp y producida por Karla Claudio, Guillermo Zouain y Wendy Muñiz, esta película fue un descubrimiento total para mí. La premisa ya despertaba mi curiosidad: una obra que se mueve entre la ficción y el documental. Pero no esperaba que me cautivara de la manera en que lo hizo.
Hay algo profundamente puertorriqueño en esta historia. Algo abierto, vulnerable y honesto. Mientras la veía, sentía el fresquito de la brisa bajo aquel árbol donde las mujeres de la familia conversaban e imaginaban juntas una película. Más que una producción cinematográfica, parecía un acto de escucha colectiva.
Es una familia de mujeres sanando frente al lente. Y eso es poderoso.
Matininó cuenta la historia de la familia Villanueva-Rodríguez, una familia multigeneracional de mujeres puertorriqueñas que transforma sus experiencias de misoginia y violencia doméstica en una película de ciencia ficción sobre una isla habitada exclusivamente por mujeres guerreras.
Pero no se trata únicamente de revisitar lo vivido. Se trata de imaginar algo distinto. Imaginar un lugar donde existir como mujer sea más amable. Más seguro. Más libre. Ese lugar es Matininó. Una isla de mujeres valientes.
Para llegar hasta allí, la película atraviesa conversaciones difíciles. Cara a cara. Sin adornos. Conversaciones en las que las mujeres se vulnerabilizan, se escuchan y hacen espacio para algo diferente. La sabiduría de la matriarca, la experiencia de sus hijas y la fuerza con la que llegan las nuevas generaciones se entrelazan en un ejercicio de honestidad radical para intentar algo tan sencillo y tan complejo como sanar.
Y también para procurar que la historia no vuelva a repetirse.
La historia de la matriarca es, en muchos sentidos, la historia de tantas mujeres puertorriqueñas. Una historia marcada por la violencia, pero también por la resistencia. Una historia que no se limita al archipiélago, sino que forma parte de la experiencia diaspórica puertorriqueña.
Porque esta es también una historia de Brooklyn.
La historia de Idaliz Villanueva.
Una historia contada en español, en inglés y en ese espacio intermedio donde tantas personas de la diáspora habitan. Un spanglish que sirve para nombrar lo vivido, reconocerlo y transformarlo. A través de la fantasía construyen un mundo ideal, pero para llegar a él tienen que atravesar lugares oscuros. Y enfrentarlos.
Las vemos con sus pelos rizados, colores de fantasía, uñas largas, pantallas y tatuajes. Mujeres que viven sin pedir permiso. Mujeres que cuestionan. Mujeres que se atreven. Y pienso en lo extraordinario que es que una familia decida hacer este trabajo públicamente. Porque pocas familias se sientan juntas a hablar de estas heridas. Y menos aún las convierten en una película.
Me sigo preguntando cómo el cine puede convertirse en una herramienta de sanación. Qué ocurre cuando te sientas a escribir tu historia, cuando imaginas cómo pudo haber sido o cómo podría ser. Cuando construyes un futuro distinto a partir de aquello que te hizo daño.
La película no ofrece respuestas fáciles, pero sí invita a reflexionar. ¿Qué estamos dejando de decir por miedo? ¿Qué conversaciones seguimos posponiendo?
A través de maquillaje, máscaras, vestuarios y escenarios, las mujeres de esta familia construyen un imaginario propio. Un mundo nacido de sus preguntas, de sus posibilidades y de su deseo de vivir de otra manera. Y quizás por eso Matininó termina sintiéndose como una historia de esperanza para la nuestra. Una historia de mujeres para mujeres. Un gesto de amor entre generaciones. Porque el momento de unirnos llegó hace rato. En esta familia vemos mujeres que cuestionan, pero también mujeres que actúan. Y al final, es el amor la fuerza que mueve este proyecto.
Hay un relato que se quedó conmigo. María Villanueva cuenta que cuando quedó embarazada a los 17 años, fue juzgada, invisibilizada y menospreciada. Le dijeron que no llegaría lejos. Que no echaría pa'lante.
Y mira dónde está… contando su historia en Tribeca.
